Ayer fue «La noche de las librerías» en Buenos Aires y yo caí sin saberlo. Fui porque un amigo me invitó a ver una charla de historieta argentina y recién cuando vi que la avenida Corrientes estaba cortada y que había puestos en la calle me di cuenta de que era un evento más grande. En una de las mesas, un grupo de artistas dibujaba tapas de libros a pedido, había que completar un papelito con alguna de las siguientes opciones: «Título y autor de tu libro preferido», «Título y autor de un libro que te llegó por correo», «Título y autor de un libro que no pudiste terminar», «Título y autor de un libro que querés que te regalen», «Título y autor de un libro que regalaste», «Título y autor de un libro que no entendiste», «Título y autor de un libro que no existe». Después de dibujar la tapa, real o inventada, la colgaban de un hilo con un gancho de ropa y quedaba en exposición al aire libre. Y por cosas así es que me encanta Buenos Aires.

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Me encontré con Kari, otra amiga, y le propuse ir a la maratón de lapiceras de las 21 horas, que no sabía muy bien qué era pero sonaba divertida. Una de dos, o nos hacían correr carreras y pasarnos lapiceras como si fueran postas o nos hacían escribir sin parar. Llegamos a la puerta del Centro Cultural Rojas y nos mandaron al quinto piso en ascensor, el evento ya había empezado y duraría hasta las doce, nos dijeron. Entramos a una sala donde unas treinta personas escribían acostadas sobre colchonetas o sentadas en una tarima. Nos dieron un cuaderno a cada una, una lapicera, un lápiz y una consigna: «Este es el cuarto del cansancio, dibujen una línea que represente su cansancio y escriban acerca de su día». Así pasamos a formar parte de la Maratón de lapiceras de Bosquejos, una actividad de escritura creativa organizada por un grupo de dramaturgos y actores.

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A lo largo del taller fuimos cambiando de salas y escribiendo con distintas consignas. Hicimos retratos de otros participantes en forma de haiku, respondimos preguntas en forma de poema. En la última sala del recorrido había música y una chica que nos hablaba a través de una pantalla proyectada en la que se veía lo que ella iba escribiendo. Nos dijo: «Tengo un león, vení a conocerlo». Fui a preguntarle por el león y me dio un paquetito de alcanfor chino. Después en la pantalla escribió: «Si viste al león, del otro lado tiene escrito un poema chino. Traducilo». Y traduje el poema sin tener ni la más mínima noción de chino (ni mandarín ni cantonés ni nada) y escribí sin pensar si el texto estaba bien o mal, solo me dejé llevar y me encantó la sensación de escribir para divertirme. Bosquejos propone esta actividad como una búsqueda del tesoro en la que el tesoro es, justamente, el texto. Para mí, encontrarlos de casualidad en la noche de las librerías fue lo mejor que me pudo haber pasado un sábado a la noche en Buenos Aires.

Bosquejos: en la revista Ñ, en facebook.